
Calle Pelícano. Recodos de la memoria.
Nada más entrar en la calle Pelícano desde la plaza de Setúbal está la churrería del
barrio donde algunos domingos por la mañana mi padre va a comprar churros. Nos
gustan los churros de los domingos en casa, pero también el pan duro frito, sobrante de
la semana, que prepara mi madre en la sartén. El olor a café y a aceite refrito hace que
me sienta bien, que me sienta en casa.
Texto y foto. Miguel Paniagua Sánchez 8 de julio 2025
Pero en la calle Pelícano y las de alrededor hay más cosas interesantes.

Hay una pastelería donde hacen los mejores bartolillos del mundo y unas riquísimas wambas de crema o nata (yo prefiero las de crema). Los sábados por la tarde, cuando vienen a casa mi tía Pili y mi yaya Vito, mis padres compran bartolillos para merendar. Los mayores se toman los bartolillos con café, pero mis hermanos y yo nos los comemos a palo seco y nos gusta meter el dedo en el interior y sacarlo untado de crema; ¡qué ricos están!
A veces mi madre nos envía a la mercería de Pelícano a llevar unas medias suyas con
una carrera para coger puntos y pasamos por delante de la churrería y del mercado.


El mercado de la calle Pelícano es un lugar extraordinario. Si subes por la escalera principal
es un mercado normal, con sus puestos de fruta, de variantes, pollerías, pescaderías, carnicerías, … Pero si entras desde la calle por el lado derecho del mercado o por una
puerta semiescondida del interior de la zona principal, llegas a un enorme patio al aire
libre, en el que los puestos de alimentación se colocan a su alrededor. A mí me parece
un mercado de los que aparecen en las películas del desierto.

Pelícano cruza la calle Argüeso y una de sus cuatro esquinas está ocupada por un campo de fútbol de tierra (¿de qué otra cosa podría ser un campo de fútbol?), cuyo lado norte está delimitado por la calle Antonio Moreno donde se ubica el colegio Arcipreste de Hita.
En la parte superior la imagen campo de fútbol, en la inferior el mercado Pulsa en la imagen para ver el mapa de evolución de la zona desde 1941 a 2022 (tomado de www.vicalvaro.net)

Una balconada en el primer piso de este colegio fue el lugar desde el que me hicieron recitar un poema cuando era muy pequeño, cuando todavía iba al colegio que tenían las monjas de San Vicente de Paúl; ¡uff!, que vergüenza pasé.
Avanzando por la acera de la izquierda de Argüeso en dirección a la Plaza de San Vicente
de Paúl, un poco antes de llegar a la misma plaza, hay un lugar mágico donde por tres o
cuatro enormes pistas de Scalextric, con cuatro, cinco o seis carriles cada una de ellas,
corren veloces los coches de carreras dejando en el aire el inconfundible olor eléctrico
que generan los transformadores, los mandos, los motores y la fricción de las escobillas
con los raíles de las pistas. Ferrari, Tyrrell, Honda, Seat 600, corren, se persiguen, vuelan
hasta que la mayoría de ellos saltan por los aires en las curvas más difíciles.
Se recogen del suelo, se recolocan sobre la pista y vuelta a empezar. Y así hasta que se cumple el tiempo pactado con el dueño del local por las pesetas entregadas.

La plaza de San Vicente de Paúl está dominada por la iglesia del mismo nombre que tiene
asociada una escuelita infantil a la que llamamos en el barrio “Las Monjitas”. Yo fui a las
monjitas antes de los cinco años. Sor María era una mujer muy dulce y amable que nos trataba con mucho cariño. Allí estudiábamos el catecismo, con cuatro años. Un día vino el párroco a vernos y nos preguntó cosas de dios. Como había que responder e-xac-tamen-te lo que estaba escrito en el catecismo, casi ninguno de los niños lo hicimos bien y entonces el párroco nos pellizcaba o nos daba un capón. Hay una cosa del párroco que no entiendo: cuando nos lo encontramos por la calle tenemos que besarle el anillo de la mano y no tengo ni idea de para qué. Pienso yo que será para que se sienta querido y deje de darnos capones.

A mí me gustaba mucho el mes de mayo cuando iba a las monjitas. Le llamábamos el mes de la virgen o mes de las flores y entonces la iglesia olía a claveles y sobre todo a unas florecillas blancas pequeñitas que poníamos en el altar. También me tocó recitar alguna cosa con motivo del mes de las flores; otra vez mucha vergüenza.

Cuando entrábamos a la escuela hacíamos una fila en el patio y cantábamos el “Cara al sol” que es una canción un poco rara y que no se entiende muy bien, sobre todo cuando dice “imposible el alemán”. ¿Qué alemán imposible será ese?


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No os lo vais a creer, pero yo salí en la televisión vestido de militar cuando tenía cuatro años; en el programa de “Boliche y Chapinete”. Nos vistieron de soldado a diez o quince niños de las monjitas, nos subieron a un autobús y nos llevaron al sitio donde se hace la televisión. Hicimos un desfile y después nos dieron un bocadillo sentados en una mesa grande. Mi traje de soldado me lo hizo mi yaya Vito claro, porque es la mejor costurera del mundo. Ahora ya soy mayor y voy al colegio y no me gustaría volver a aquellos días de las monjitas.
A la plaza de San Vicente de Paúl vamos algunas veces con la bici en verano desde la
plaza de Setúbal sin que se enteren las madres, porque eso ya queda muy lejos de
nuestro barrio. Cuando llegamos a San Vicente la emoción de la aventura es enorme y
enseguida nos volvemos para que no nos descubran.

Los domingos sí que vamos a misa a San Vicente con nuestros padres, aunque yo estoy notando que cada vez vamos menos.
Hace unos días vinieron mis abuelos a vernos y mi abuelo Vitín me regaló un balón de
fútbol. Fuimos a una tienda de la calle Pelícano que tiene muchas cosas y allí mi abuelo
escogió un balón de color rojo más duro que una piedra que no se parece en nada a los
balones con los que juega Gento.


La verdad es que a mí lo del fútbol no se me da bien y había pensado que a lo mejor, teniendo este balón rojo en casa aprendía a jugar.
Pero de momento, cuando mi hermano y yo intentamos jugar con él, cada vez que nos golpea nos hace mucho daño así que me parece a mí que lo del fútbol seguirá sin gustarnos a ninguno de los dos. Porque si a mí se me da mal, a mi hermano no te digo nada.

Por cierto, mi abuelo Vitín sabe hacer pan tostado en la estufa Superser. Corta el pan como para hacer un bocadillo y luego pincha una de las partes con un tenedor y apoya el pan en la parte que abrasa de la estufa. Pero nos dice que nosotros no lo hagamos, claro.
Estos días los mayores están entre preocupados y partidos de risa porque un señor muy gordo con un bañador enorme se ha bañado en el mar con otro señor menos gordo. Es que se han caído unas bombas de unos aviones en el mar, pero no han explotado. ¡Pues vaya porquería de bombas que no explotan! Y además mi abuelo Vitín dice que todo es una trola.



Y eso es casi todo lo que se me ocurre de la calle Pelícano, pero además tengo que decir que algunas veces viene un señor que vende periquitos preciosos. Se sienta en la puerta del mercado sujetando un palo con los periquitos agarrados de pie y no se escapan volando. Cuando era más pequeño no sabía por qué no se iban, pero ahora sí lo sé y no me gusta nada. Tengo que deciros que los han dejado ciegos con un alfiler.
¡Ah!, se me olvidaba una cosa importante. Nosotros, a la calle Pelícano la llamamos “Pelicano”, así, sin tilde, con el acento en la “a”, Pelicano.
No sé por qué, será porque nos da la gana.
Referencias
(*) Foto Niños cantando el «cara al sol tomada de La foto del niño que se escondió y no quería cantar el «Cara al sol»
(**) Fotos «Ambó Ató», el programa infantil de 1960
El baño del ministro y el embajador: Fraga y Duke en Palomares, 1966
Vídeo: Palomares: una catástrofe nuclear en España | Megaestructuras franquistas